domingo, 28 de marzo de 2010

en otra superficie


Definitivamente, hoy, me siento un super héroe.

No no, me siento super héroe2.

No me mires así. No es para tanto. Esta capa la compré en ikea. Y estas botas amarillas son un recuerdo de Holanda. De acuerdo, no parezco demasiado un superhéroe,y mucho menos un super héroe2... 

Pero... mírame ahora. Mira mis super poderes. Observa como sólo con pensarte me elevo.  

Diáfano y polivalente. Bien pudiera sobrevolar una ciudad de norte a sur en sólo segundos y además en hora punta.  
Y no sólo eso... Siento que podría incluso levitar de espaldas y, hablando idiomas que desconozco, comunicarme contigo, más allá de lo que vemos, en otra superficie.

Hoy me siento como arriba, al principio, sobre todas las cosas, los firmes y los presentes. Hoy equis es igual a zeta y ambas son igual a y. Y todas tres conforman una nueva superficie, más arriba, mucho más arriba de lo que cualquier persona pudiera alcanzar a ver.

No hay sistema de percepción humana que pudiera llegar ni tan siquiera a atisbar tan alto, sólo un super héroe con su visión extrapolada podría llegar a ver quién y cómo eres tú en aquella otra superficie tan alta.


Si disperso la vista aún puedo verte. Hueles a mi. Eres parte del intento, la prolongación de un color más o menos violeta que viene a morir a mis pies en forma de sombra. Y te siento divina aun cuando no me miras... eres casi perfecta porque conjugas todos tus atributos muy equilibradamente...

Esto por aquí, esto otro por allí... y ¡tachán! ¡Te has convertido en super heroína!

Imagínate que de repente salto desde una azotea y, con ese mismito impulso me planto frente a ti y te convierto en superheroína.

¿Quieres?

Es un lugar muy primigenio. Hay felicidad en forma de pastillas de jabón y néctar y gigantescos elefantes acuden a un supermercado low cost a las afueras de la ciudad.  Allí las estrellas son para quien se las trabaja y puede verse el mar en el fondo de las tazas de café y los vasos de zumo de frutas.

Yo me siento un superhéroe2. En otra superficie sí.
Y tú deberías estar ya en ella. 





miércoles, 24 de marzo de 2010

lapsus de felicidad


Aunque a veces llueve, hay un rumor de fondo y muy constante que susurra en los oídos como una voz ignífuga y alegre que viene a decir que ya es primavera. Los colores compiten con una tímida y extensa capota gris que inunda el cielo de un extremo a otro. Hay un olor cálido a fruta aún no madura y las gotas salpicadas en la ventana reflejan el mundo exterior un tanto al revés con propiedades esféricas.
Esféricas como cualquier cosa redonda y pomposa, como una sustancia flotando en el aire, sin apenas gravedad y muy transparente.

Aunque a penas he visto el sol tres días, reconozco que me siento feliz, muy feliz.

Feliz de sentirme un poco más capaz. De haber dejado atrás cosas futuras. Feliz porque en el fondo me siento un tanto único e irrepetible. Único porque sé que nadie te ha pensado tanto ni tan diversa como yo. Feliz de no sentirte tan lejos. Feliz de sentirte un poco más cerca aunque solo sea por unos días. 

Tengo tantas cosas que decir...
¿Sabes que?
Llevo 68 días sin escribir... y no sé por qué razón coincide con el momento en el que decidí decirte adiós casi por mutuo acuerdo... 

En ellos he recorrido más de 3452 kilómetros, he olido más de 246 perfumes diferentes. He pensado en más de 108 cosas diversas. He hecho 2 promesas, una a mi mismo y otra a mi frutero. He leído 5 libros de los cuales 2 me gustaron menos que los otros 3. He ido al cine 4 veces. 
He sonreído unas 342 veces y he mirado al cielo unas 96.
Y entre todos estos momentos uno se repetía con síndrome de constancia... He pensado en ti sobre todas las cosas.

He pensado en ti porque en la mayoría de las cosas que hacía estabas tú. Aunque no estuvieras y aunque nunca hayas estado. 
Si... 
Te veía en una linea, en una simple nube o en un sonido muy pequeñito venido de un lugar muy remoto. A veces un olor muy suave me hacía mirar a todos lados, como buscándote. Otras veces alguien se llamaba como tú y simplemente tu nombre se repetía una y otra vez como tambaleándose en mi cabeza hasta el final del día. 

Muchas noches, cuando cerraba el libro, se terminaba el silencio y con la estampida del sueño me preguntaba con una voz en off si estarías bien. Intentaba imaginar qué estarías haciendo en ese preciso momento y si eras feliz o no...

Otras veces te imaginaba sonriendo porque yo así te lo producía, como una ecuación matemática o una regla de tres más bien simple pero trascendente. Si cerraba los ojos, tú aparecías con un rostro delicioso y una locura que sentía muy mía.
Algunas mañanas, al despertar, mientras degustaba una fruta muy madura pensaba en ti. Otros días deseaba cruzar la calle y encontrarte un poco tímida pero sonriente...

Hubo una tarde que temblé sin saber por qué y sentí una necesidad muy primaria de abrazarte y que me abrazaras... de mirarte a los ojos y convencerme de muchas cosas que me hicieran sentir muchas otras cosas difíciles de explicar.

Hace un año celebré con alegría tu aniversario. Era el primer aniversario. Un día que recuerdo especial. Así lo sentí. Nunca había sentido algo parecido. De hecho no he vuelto a sentirlo desde entonces.
Porque, aquel día, recuerdo que me detuve cinco minutos frente a un parque en medio de la ciudad y sentí un estallido inmenso de formas, luces y colores como trepándome por la piel. Y recuerdo que desee celebrar la felicidad contigo al menos otros 64 aniversarios más.

Por eso te escribí un comunicado expreso en el que te pedía que destaparas la felicidad.
Y sólo porque sentí que tú, y solamente tú, eres la única mujer capaz de sugerirme una concentración suprema, similar a beber de tu boca, compartir gestos sagrados o sentir halos con una temperatura fermentada a conciencia de tu piel a la mía.

Pensé que nunca volverías. Y lo pensé porque quizá tenía motivos para pensarlo.
Tu regreso hoy es motivo de alegría universal. Es como si pasara algo allí arriba y abajo, como si se mezclaran universos distintos.

Así lo siento. Has venido como una sorpresa a tiempo.

Feliz aniversario. 

Te quiero.

Siempre que escuchaba esta canción, pensaba en ti de una forma inexplicable.


Cuidate mucho y espero volver a saber de ti algún día.

Cierra los ojos y escucha...



martes, 12 de enero de 2010

cholesterol


 Sólo tenías que imaginar nubes. Nada más. Ese era tu único fin, tu máxime ejercicio. Como con el mar y otras cosas así de inmensas.


Pero te dedicaste a distorsionar ya no sólo tu modo en stand by de tu propia vida, sino que también la mía. Y lo peor de todo es pensar que aquello te divertía.


Y comenzó el año y me vi decidido, un tanto agrio por los cítricos y muy feliz. 

Entre otras muchas cosas porque me sentí capaz. Capaz de tomar decisiones que no había sido capaz de tomar en todo un año y que por ente, conseguí tomarlas en tan sólo un par de segundos, en diferentes días y a diferentes horas entre el uno y el tres de enero.

Yo,que había examinado multitud de veces la paz que transmiten las nubes, el sonido incluso y a veces su olor, tuve que indicarte un camino lleno de constancia y agravios, de negativas infundadas en una especie de "no" constante casi sin venir a cuento porque sí.

Eso dejó de preocuparme y comenzó a llamarme la atención ver que,de repente, tu actitud me sumió en una tristeza como enmascarada, en una especie de pesimismo aparcado justo ahí, en una avenida paralela a la mía con aparcamiento ilimitado.

Anduve persiguiendo durante al menos doscientos sesenta y ocho días una especie de algo sonoro venido de tu boca. Una invitación que nos hiciera ser conscientes durante al menos 5 minutos de que tu cuerpo y el mío bien podrían estar a tan sólo unos centímetros, comunicarse basándose en la carne, (que no besándose) y después continuar cada cual su camino incluso hasta el infinito si hubiera sido necesario y requerido.

Nadie consuma el mal hasta que el otro, en discordia, es capaz de reconocer una herida sangrante en su costado. El mal existe porque hay alguien que sufre daño, hastío o dolor causado por un individuo o causa anexa.


Yo nunca sangré ni tuve dolor alguno. Viví más allá incluso de lo que tú  hubieras podido imaginar. Ese es el único aval que me reitera una y otra vez que en ningún momento perdí el tiempo.

Hice todo cuanto pude por tí. Por tí y por condensar en modo gas al menos el 4% de una felicidad que siempre consideré imprescindible en ti, creo que por la costumbre de tu rostro, muy sonriente y locuaz, luminoso y brillante como las luces de la avenida que me llevaron un día, y sólo un día, hasta la puerta de tu casa. Tú nunca llegaste a verme. Yo a tí tampoco.


Pero juro que te olía aunque no estabas, sentía un calor como inducido y venido de muy lejos. Siempre tuve claro que podría mirarte indefinidamente si en el mirar, fuera implícito el verte feliz constantemente.


Giré y giré en modo constante en torno a una música venida del orificio de un hormiguero subterráneo que comunicaba una isla muy tuya con una isla muy mía, separada por un par de océanos imprescindibles y una decena de meridianos cansados de ser paralelos justo en el centro del hemisferio.

Y todos los barcos que nos comunicaban los hundiste una tarde. Y al verme sentado a la orilla de ésta isla muy mía y no ver barcos procedentes de esa isla tan tuya, he decidido por unanimidad, considerar la zona como catastrófica y condecorarte con la medalla postuma al olvido.


Sin ser más, ni mucho menos, menos, este primer texto del año dosmildiez es un breve resumen del dosmilnueve. Rescata las miserias y las virtudes de un número determinado de personajes que, por diversas causas conocibles, se convirtieron en una parte olvidable de mi vida.




Porque después vino a condecorar las horas más otoñales una lengua viperina. Un ser perdido y desconsolado que berreaba como una orca vespertina un domingo cualquiera, agitada por las corrientes marinas más frias.

Se marchó con todo mi permiso. Eso si antes de marcharse le mandé un mensaje en una botella que recibió 3 días después. Y es que para que el mal triunfe solo es necesario que los buenos no hagan nada...


Yo no hice nada, y el mal triunfó. Y por eso todo se redujo a cenizas y yo celebré tal desastre como si hubiera sido el día del nacimiento de mi primer hijo. Porque tras el desastre vino la certeza de que hay personas que cuanto más lejos mejor.


Como de su vida había hecho un puñado de excusas, vino a ponerme a mí en voga y horca, arrollando pasajes personales y haciéndome perder, "laverdadesosi", un poco bastante el tiempo.

Un punto negativo para aquellas personas que hacen perder el tiempo a los demás...



Una entidad confusa, irrespetuosa, cruel y con un cierto aire nihilista que hace que hoy mismo esté celebrando que entre su vida y la mía haya una franja tan amplia que al espacio resultante muchos llaman "abismo".

 

 De su vida no he vuelto a saber nada. Algo que celebro, ya que preferiría ni tan siquiera recordar que pudiera existir tal entidad borrascosa. La sola idea de que una cosa cruel pueda ser útil es ya de por si inmoral. 
Incluso los textos que un día escribí para aquella persona, los modifiqué y los dediqué a otras bien diferentes. Más cercanas y con un sentido de la felicidad más desarrollado y promiscuo.

 Feliz hipocresía (como en tu estado) para ti también. 


La libertad es la capacidad de elegir. Si no sabemos elegir, no somos libres.

Hay que intentar en la medida de lo posible no convertirse en Cholesterol. Una persona Cholesterol es un mal digno de ser radicado. Obstruye la fluidez de las cosas. Convierte lo útil en inútil, lo feliz en infeliz, lo sagrado lo convierte en profano, lo fuerte lo hace débil, y nunca al contrario... porque una persona Cholesterol, cuando mira la imagen de la nubes del principio de este texto, sólo piensa en una cosa... oscurecerlas.


NO CHOLESTEROL PERSONS


Actualizaré más a menudo. He estado pensando brevemente todos estos cuarenta días.

Este texto por ejemplo, puede leerse de abajo a arriba o de arriba a abajo y es, por simplicidad, una excepción que hace digna la regla que dice que el orden de los factores no altera el producto.



Un fuerte abrazo para todos.
















sábado, 5 de diciembre de 2009

Cinderella morning



¿Te acuerdas? Eran las 09:18. ¿Cómo olvidarlo?.
Moví la mesilla despacio... sin hacer ruido... coloqué la cámara sobre ella, puse el capturador automático y resultó ésta imagen.


Después, te desperté y te enseñé la fotografía en aquella cámara Minolta digital que heredé dos años atrás en un viaje a Berlín.

Tú tenías los ojos recién abiertos y brillantes, como caléndulas. Te quedaste ensimismada mirando aquella fotografía y sólo dijiste con cara de felicidad: -Es el mejor despertar de mi vida. ¿Sabes qué? Me encantaría ver esta imagen todos los días de mi vida-.


Vida vida y más vida... 


Es cierto. Porque sin duda alguna es la imagen del año, el síntoma del bullicio matinal, de una mañana orientada al norte, con lluvia de ceniza y colapsada de parabrisas cansados, sin adrenalina.


Abajo, en la avenida, los semáforos temblaban como sauces llorones, y una dependienta esperaba en alguna trastienda completando sopas de letras como pasatiempo logarítmico de un aburrimiento universal.


Lo decía un cantante en si bemol.




Había una lluvia de camiones, de ambulancias urgentes, de chicas que se escondían debajo de los árboles asfixiadas por el hedor sudoríparo de aquel cielo estrellado. Aquel cielo último de aquel mes de noviembre.


Mañana de sábado tránsfugo. Mientras, la noche anterior, de regreso al hotel, vimos canallas y policías inquietos. Gabardinas sin dueño, con los cuellos alzados y gatitas en celo pasadas por agua ajenas a la fiebre de aquella noche del viernes más tuya y mía que nunca y que ninguna otra.


Cuando llegamos al hotel llovía por todas partes. Tú y yo enfrentados como se enfrentan dos masas eléctricas, haciendo pequeñas aproximaciones de piel, con diminutos contactos que producían espuma de mar y besos con efecto submarino. 


Tu olor a algodón, a fibra sensible, a risa con sabor a pan, tu risa... el efecto secundario de aquella guerra de almohadas sobre aquella cama enorme con motivos florales estampados en blanco y negro. Reír sin parar. Oxigenando el espíritu, generando felicidad con los pies descalzos sobre aquella colcha invadida de plumas de ave a destiempo, como a mi me gusta.


Después nos vimos sentados en el borde de la cama, yo con mi guitarra y tú con un vaso de plástico lleno de cava a rebosar. Mientras, me dabas de beber y yo sintonizaba los acordes que nos harían cantar juntos este tema:





¿Te acuerdas? Como olvidarlo...


Después del tiempo, solo queda ésta memoria de pez girando en una pecera llena de rumores. Las sirenas y los ruidos venidos de toda la ciudad. 
Aquella mañana, sentado al borde de la cama frente al ventanal luminoso, pensé que no siempre lo que necesito es lo que quiero, ni lo que quiero es siempre lo que encuentro.
Lo que encuentro tampoco es siempre lo que busco, y lo que busco no siempre es lo acertado y lo acertado... no siempre me hace feliz. 
Porque lo atractivo no siempre es lo más bello quiza porque no siempre dormir significa descansar. Porque podemos soñar despiertos y porque una mirada dice más que mil palabras, porque los silencios duelen más que las palabras... 


Porque uno puede andar perdido aunque conozca el camino. Porque hay dias tan oscuros como la noche y noches que llegan a brillar más que el dia... Porque hay dias para todo y porque todo a veces es nada... y porque otras veces nada, lo es todo. 


Quizá porque hay quienes te tienen delante y no te ven y quienes sin mirarte, te han visto. Porque el mismo abrazo que adoro me ahoga, y aunque me ahoga me atrapa... será porque no siempre correr significa llegar más lejos... porque lo más pequeño... en ocasiones, es lo más inmenso... porque lo más frágil y ligero puede llegar a ser lo más pesado.... es por ello que en ocasiones uno se salta sus propias reglas, para después, poder cumplirlas.


Y entonces, sentí un click onomatopéyico. Y el momento quedó congelado para siempre.


Mírate dormir... 


Feliz estancia a todos... bienvenidos a éste mi mundo positivo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

happy hang out






Hoy se cumple un año desde que decidí, casi a tientas, crear este blog.
sobrinothings... "Las Cosas de Sobrino".
Cuando empecé este blog todo era bien diferente.  
365 días...


Por entonces acababa de dejar atrás un pasado un tanto crudo pero maravilloso. Maravilloso porque después de todo sentía una paz solar y me reía casi todas las tardes a orillas del Guadalquivir.


Recuerdo que eran las 23:14 porque me llamó Bernardita por teléfono mientras estaba registrándome como usuario en el blog, sentado con Cris que había subido para verme como cada martes.
Pensé en... ¿qué nombre le pongo? 


Ella, Bernardita, me estaba diciendo que me fuera a cenar a su salón, lleno de cojines búlgaros y velas filantrópicas, porque había preparado una paila marina exquisita & exclusiva para mi.
Entonces le dije: ¿Pero estas segura? 
- ¡Que cosas tienes! - me dijo ella mientras sonreía. 
-Vente, que te estoy esperando...-


Asi que... mis cosas... las cosas más mías... things. Cogí mi escueto abrigo de advertencia y me marché sin dudarlo.
Por entonces, mientras iba en bici hasta su casa, ni por asomo podría imaginarme que, una año después, sobrinothings tendría más de 5600 visitas venidas de tooooooooooodo el mundo. Alemania, Chile, uruguay, Brasil, Dinamarca, Suecia, Rusia, la vecina Francia, Portugal, China, Inglaterra, Italia, Argentina, Estados Unidos.... en fin, tantos y tantos... 


Ni mucho menos...por entonces pensaba en qué iba a escribir por primera vez...pensaba en paila, en amor, en cojines búlgaros...


Acaba de dejar al que creí por siempre el amor de mi vida apenas hacía 38 minutos. Nada más lejos de la realidad. Ella sólo había sido una etapa, singular y transitoria, en la que debí aprender al menos veintiocho modos de apreciar la vida de cincuenta y cuatro formas diferentes. Aquel día elegí una de esas cincuenta y cuatro. Si quería llegar de A a B, tendría que utilizar el segmento más corto.
Así pues sentí la democracia como trepándome por entre la piel y la ropa, y puse punto y final a aquella etapa, a su tránsito y a las espinas macabras de un amor ya transoceánico. 


Todo olía diferente, incluso la calle al regresar, y yo sentí una libertad como muy deseada, esperada y merecida. Recuerdo que aquella noche había un bullicio muy propicio en todas las cosas. El verano se había prolongado y los ultimos resquicios de luz artificial me alegraron una fe muy mia que creí haber perdido ya para siempre. 


Mi vida ha cambiado tanto desde entonces... sabía que sucedería desde el mismo momento en que giré la esquina al fondo de la avenida. La mejor versión de mi mismo estaba aún por llegar.


Me situé de nuevo, traté de olvidar, con éxito, todo lo vivido, excepto aquello que consideraba indispensable para lanzarme a un futuro que me venía como anillo al dedo.


Como en toda empresa, después de un año, hago números y auditorías. Y debo decir que me considero un tipo con suerte.


Si, estoy de acuerdo en que este año he conocido a algunas personas que hubiera sido mejor no conocer. 
Soy de esas personas que considera que es mejor no llegar a conocer a ese tipo de personas que verdaderamente no existen. Porque para que una persona exista debe ser no sólo una muestra física y carnal de sí misma, sino que debe poseer una cualidad espiritual que la diferencie del resto, que la haga humanamente tangible y perceptible por los sentidos del opuesto. Porque a fin de cuentas, todos tenemos cuerpo, pero la vida espiritual es un bien escaso, cuando debiera sin duda alguna, ser lo más abundante.


Pero he conocido a más personas capaces que incapaces. Y ese número positivo engulle al otro. En este año he guardado los mejores secretos de toda mi vida. He vivido hasta cuatro vidas paralelas pudiendo ser yo mismo en todas y cada una de las cuatro. He sabido reirme siempre a tiempo y he llorado sólo 2 veces. 


He conseguido comprender y habilitar una memoria que me permite almacenar la idea de que hubo un tiempo en el que perdí el tiempo, sin saber cómo ni por qué. Supongo que porque invertí recursos y bondades donde no había nada, nada que no fuera una persona vestida de metrónomo marcando el paso impasible e inútil del tiempo. Tic tac y nada más.


Realmente es lo peor que sobrellevo: perder el tiempo.
Hay un dicho populista que dice que el tiempo nunca se pierde. Hay incluso canciones escritas por amantes de lo ajeno que recalcan que el tiempo nunca se pierde. Pero el tiempo si puede llegar a perderse. No es difícil perder el tiempo. Lo difícil es saber aprovecharlo.


Hay personas que me han hecho perderlo. Pero hay otras muchas que en estos 365 días me han hecho recuperar lo no vivido y lo perdido con creces.


En todos y cada uno de esos trescientos sesenta y cinco días he hecho lo que más me apetecía. He dormido donde nunca imaginé que dormiría, ni por muy remota que fuera mi imaginación bajo efectos secundarios de alguna droga bendita hecha humo.
He condecorado mis bienes comunes con enorme acierto. He retomado, por decirlo de algún modo, ese estrés parasimpático que me producen las cosas más sensibles y cotidianas. Ahora la temperatura de una mano sobre mi espalda puede llegar a producirme enfermedades de esas que desestabilizan a las sensaciones formando con ellas un ramillete de emociones incontrolables.
Es como si la atmósfera dejara de existir por un momento y todo flotara.


Ahora me inspiro más y mejor. Me apetece mucho más reir. No me preocupa nada en absoluto. Tengo  nuevos conceptos y más claros adquiridos. Me tomo grandes molestias en considerar y comprender el entorno que me rodea. Distingo perfectamente mis objetivos, disipo las nieblas que pudieran existir y me tomo grandes molestias en fomentar a diario mi sentido del tacto para con las cosas, las pieles y las superficies.
Perdono más y mejor, mucho más rápido y convencido de que, la vida, es un círculo circunscrito en ideales que debieran ser siempre una apuesta futura por abrazarnos y volver a ese estado en el que, lo humano, flote y derive en nuevas emociones y sensaciones.


Mi nuevo estrés estrenado y parasimpático es un bien saludable. Me mantiene despierto y activo. Construyo mejor y más fundamentado. Estructuro, fragmento y desgloso el todo hasta convertirlo en pequeñas partes fragmentadas que llego a asimilar mejor, más fácilmente, creando un microcosmos en cada franja horaria en la que tú y yo, por ejemplo, dejemos de ser quienes somos y empecemos de 0 (cero). 


Y es todo ese compendio de circunstancias y cualidades nuevas las que me han permitido identificarme como un yo tangible, capaz de resolver un problema de geometría en 4 minutos, de separar la ropa de color de la blanca antes de lavar casi sin mirar, de percibir un color sólo con pensarte, casi a tientas también, empujado por una historia que siempre nos llevará al mismo sitio: el punto donde debemos encontrarnos sin que pase el tiempo ni un segundo más.


En este año he sido considerado y no, me he sentido grande y pequeño, todo y nada, capaz e incapaz, exquisito y vulgar a veces, dormido y despierto, me he sentido parte y nada a la vez, engañado y propuesto.
Todo lo que somos es porque un día asumimos el papel y aceptamos serlo sin más. No hay marcha atrás, sólo un camino: depurar los excesos, comportarse como un espejo, reflejar lo mismo que el otro, si me das agua, darte agua. Si me ofreces una tarde con sol, darte un sol lleno de tardes.


Ahora solo me queda deshacerme de éste vestido bilingüe, olvidar todo el pasado, porque ese pasado hace tiempo que se olvidó de mi. Soy parte de su memoria más remota. 
Así que, voy a dejarme llevar. Voy a celebrar que un día deseé sobre todas las cosas verte y que sin embargo tu por el contrario celebras no desear verme nunca más.


Sin conocernos tal y como tú siempre quisiste. Feliz aniversario.


Quiero agradecer a todos/as las personas que este año os habéis interesado por este espacio. Sois tantas las personas que a veces me emociono mientras escribo... porque a veces sé cómo reaccionaréis muchos de vosotros... 5600 visitas... sois únicos.


Mi mayor placer es que, a pesar de que cuento historias muy puntuales, las vivís con emoción y os identificáis con ellas... hay mucha gente que me escribe diciendo que antes de dormir lee el blog, porque duerme mejor. Otras personas me piden que actualice, otras que estan deseando estar sentadas a mi lado y que les lea el blog, otras que les gustaría vivir aunque sólo fuese una de las actualizaciones del blog... hay otras personas que han soñado con una actualización de blog... cuántas anécdotas felices en sólo un año... qué emoción y que placer causar tantas cosas sólo con un texto... mediocre además... pero... sincero eso sí.


5600 visitas dan para mucho... a mi al menos me dan ánimo para continuar un año más. 


No sé qué más decir, no se me da bien hacer la pelota... lo siento. Pero si que puedo deciros es: Gracias y felicidades también a todos los que seguís el blog, porque... el 50% es vuestro que leeis y le dáis vida.


Sin receptor, la comunicación no existiría o sería práctimente nula...


Descansen... feliz noche!













domingo, 15 de noviembre de 2009

to be a point


Claro que entiendo que quieras ir a tu bola. ¿Quién no? Yo también. Pero eso no explica la deshumanización a la que me has expuesto. Es lo más insensato que recuerdo de mi vida más presente.

Verás, intentaré que me entiendas.

Hace unos meses, después de salir del instituto donde daba clases, hice un camino diferente para regresar a casa, como cada viernes. Estaba a la altura del enorme parque que dividía la ciudad en dos. Entonces vi venir de frente un cachorro, que se dirigía hacia mi meneando su cola a modo de feliz uso. Yo sólo pude mirar cómo se dejaba caer simpáticamente panza arriba junto a mis pies. Era un cachorro labrador, una bola de pelo blanco que apenas podía tenerse en sus patitas gruesas y sucias.
Me lo llevé a casa y lo instalé en un rincón del salón con una manta vieja y un hueso de trapo que construí.
En ningún momento pensé que me lo quedaría conmigo para siempre, respondía a una serie de responsabilidades extras que en éstos momentos no podría llevar a cabo.
Esa misma tarde, simultáneamente a un ejercicio que tenía que preparar para dar mi clase de diseño en el instituto, me ocupé de bañarlo, cepillarlo, desparasitarlo, darle vitaminas y limpiar religiosamente todo lo que ensuciaba. Incluso me molestaba en calentarle una bolsa de agua todas las noches para que no pasase frío en el salón. Al final aquel rincón que acomodé para instalarlo no sirvió de otra cosa sino de referencia. De referencia para comprobar y asimilar que hay cosas que nos incitan vida y alegría, esa pequeñez y esa torpeza en los movimientos nos hace más humanos, más felices, más sensibles.
La potencia de la imagen que desprendía el perro es más fuerte que cualquier intención. Incluso pienso que si a alguno le molestase el perro o su presencia, tendría que irse a dormir al rincón del salón, con el hueso de trapo y la pequeña cama, porque nadie cedió a quitar al perro de entre sus brazos de entre todos mis compañeros.
Incluso me agradecían la agradable idea de haber llevado al perro a casa en un intento de mejorar su calidad de vida en abandono. Elisa cedió llevárselo a su casa, lo quería para ella, su padre había soñado siempre con un labrador en sus manos, y era la mejor oportunidad de deshacerme de tal responsabilidad sentimental. Desde que lo vi supe que lo amaría el resto de mi vida, pero también supe que no era el momento adecuado.
Asi que un fin de semana los padres de Elisa me invitaron a ir cerca de Granada a pasar esos días en una pequeña casa en la ladera de Sierra Nevada y así llevarles el perro.
Me costó quitarle el perro de entre los brazos a mi padre, que casi llora en la despedida.
Al amanecer el sábado hice mi única maleta diminuta. Metí al perro a empujones en el coche y me puse en camino con un álbum de fotos en una mano y el hueso de plástico en la otra. Era una mañana fea y gris, y hacía tanto frío que tuve que arrancar el hielo del parabrisas con agua caliente y una rasqueta.
El perro se puso tan nervioso que se orinó en la alfombrilla del coche. No fui capaz de reñirle. Los primeros 100 kilómetros fueron relativamente tranquilos. La ruta era fácil, sólo tenía que girar 4 veces a la derecha y coger la autovía, después me esperarían en un bar antes de llegar a Granada. Conducía despacio, sin rozar el límite de velocidad, a través de páramos cubiertos de escarcha y montañas salpicadas de brezo descolorido. A la media hora, un puñado de copos menudos y livianos comenzaron a revolotear por delante del parabrisas. Nunca había conducido bajo la nieve. El perro, instalado en la bandeja del maletero después de haber pisoteado todo el coche y haberse sentado a mi lado como copiloto, tras haber compartido unas miradas y unos chirriantes ladridos a los altavoces como enfadado, siguió extasiado en su vuelo errático.
Yo traté de no hacerlo y concentrarme en la conducción. Encendí de nuevo la radio y no conseguí sintonizar más que una cadena de música clásica. Estaban emitiendo ópera en directo desde algún teatro supuestamente famoso del norte de Europa.
Nunca me había gustado la ópera, pero aún así no intenté cambiar de canal. Estaba empezando una nueva vida. Trazando una línea. Poco a poco, la nevada fue ganando intensidad. Los copos se hicieron más grandes y compactos, y caían apiñados y sin respiro, formando una cortina blanca que apenas dejaba ver la carretera. Cuando empecé a ver la nieve cuajando en el asfalto, al entrar en un puerto en sombra, me aparté del camino y me detuve para poner las cadenas del coche. Dejé la radio encendida y salí a la intemperie. Estaba en mitad de un yermo inmenso y vacío, cubierto por una capa de nieve recién caída y batido por un viento helado que cortaba como una fina hoja de papel. Me subí las solapas de la chaqueta, saqué las cadenas del maletero y me puse manos a la obra. Fue un desastre. Jamás lo había hecho antes y no sabía por dónde empezar. Lo que conseguía encajar de un lado se salía del otro, las gomas y los muelles no daban de sí, los ganchos se me escurrían de entre los dedos y se negaban a entrar en los cierres. Aquello parecía pensado para una rueda cuadrada en vez de redonda. Después de un cuarto de hora de forcejeos, tuve que detenerme. Me faltaba el aliento, se me saltaban las lágrimas y tenía los dedos tan entumecidos que apenas los sentía como míos. Entonces lo vi. Había salido del coche sin que yo lo advirtiera y estaba retozando en la nieve como un frenesí enloquecido. Se revolcaba panza arriba como un poseso, ladraba furiosamente a la ventisca, trataba de capturar los copos a dentelladas… Mi perro.
Traté de llamarlo, pero no me salió la voz del cuerpo. No me hubiera oído. Yo no estaba allí. Estaba la nieve y estaba él y eso era todo. No había más. Escarbaba madrigueras levantando nubes de polvo blanco, corría atolondradamente tropezando con sus propias patas, aullaba y gemía de pura excitación. Me quedé de rodillas en la nieve. Con las manos metidas debajo de las axilas, tiritando y moqueando, sin poder apartar la vista del cachorro. Sin atreverme a moverme, a hablar, a jadear siquiera. Me sentía ardiendo y helado. Me sentía fuera y dentro del mundo. Me sentía casi tan vivo como él.








martes, 10 de noviembre de 2009

sun place





Ahora que lo pienso, había 5 formas diferentes para llegar hasta allí por 4 caminos distintos. Dos por vías pecuarias y otras dos por  vías alternativas que nos dejarían la sensación de habernos querido toda la vida casi sin habernos visto, a penas 3 días hace un par de meses en una fiesta en la que decidimos ser únicos anfitriones.


Por entonces me decías que tú eras una chica un tanto fría y que tenías la poca fortuna de no saber elegir el momento adecuado para besarme, porque siempre  deseabas hacerlo.


Todos nos esperaban a 110 kilómetros al norte de Madrid. Tú y yo nos citamos 3 horas antes en aquella ciudad que un día elegimos para encontrarnos y abrazarnos por primera y última vez. Eres lo que siempre quise ver en ti. Me lo repetí más de 12 veces mientras conducía y tú como experimentada copiloto me contabas con gestos diversos cómo había sido tu experiencia en el mar en aquellas vacaciones express que decidiste vivir en un otoño que ahora más que nunca era tuyo.


Luego me dijiste que habías echado de menos dormir conmigo mientras me acariciabas el pelo. Mientras tanto fuera, en la autopista, un fuerte vendaval azotaba nuestra marcha y tus manos llegué a sentirlas como brazos brotando muy felices de tu cuerpo chocando como en estampida en mi piel.


Estabas hermosísima y no parabas de gritarme que siempre que nos veíamos, incluso siendo verano, diluviaba.


Paramos a descansar en un pequeño bosque a 600 metros de aquella casa en la que decías, te hubiera encantado vivir para el resto de tu vida, allá en lo alto, con sus amplios ventanales orientados al sur y su chimenea humeante exhalando un vapor vivido dentro. 
Y te pusiste de repente a describirme detalladamente cómo imaginabas decoradas sus paredes, sus alfombras y sus lámparas. Y no parabas de gesticular y de sonreír cuando te decía que sería mejor que te callaras porque se te estaba quedando el cuerpo sin fuerzas de puritito rumor que se te iba por la boca...


Cuando tan sólo faltaban 20 kilómetros para llegar a nuestro destino, una densa nieve empezó a cubrirlo todo. Muy repentina y blanca. Tú mirabas sonriente por la ventanilla mientras yo intentaba encontrar el modo de parar, emocionado sólo con verte. Cuando me detuve, bajaste del coche y recorriste a pie un sendero salpicado de brezo con los brazos abiertos en cruz y las manos hacia arriba, como intentando invocar más nieve y más sonrisa. Entonces te vi venir, rápida, con tu costumbre dibujada en una pequeña canción que tarareabas para llegar hasta mis brazos y envolverme en ti.


Entonces pronunciaste una frase que ni tú te esperabas de ti misma:                    -Miénteme y dime que no me amas-. Y el viento se detuvo y todas las cosas dejaron de girar para concentrarse en tu boca.


Detuviste tu mirada durante al menos 20 segundos frente a la mia. Sabías que no podíamos besarnos porque meses atrás habíamos hecho un pacto, y romperlo en aquellas circunstancias habría supuesto una especie de vida eterna para ambos. 


Estabas feliz. Lo noté en la algarabía de tu cuerpo, en tus ojos brillantes al verme aparecer por aquella esquina para recogerte, envuelto en mi tenue bufanda de punto y mis guantes a juego. Lo noté en tu modo de recibirme, homogéneo y sonriente, lleno de fórmulas locuaces capaces de resolver enigmas múltiples. 
Vestías un abrigo de paño inglés rojo y una bufanda verde a juego con tus ojos enormes. 
Cuando llegamos a aquella casa donde pasaríamos dos noches y un día, entraste tarareando la misma melodía que habíamos cantado durante el viaje y que tantos recuerdos nos traía a ambos.


Recuerdos enfundados en una noche a las afueras de aquel pueblecito al sur, donde tú me propusiste subir a aquel lugar, abrir las puertas del coche y sintonizar aquel dream in a little dream de aquel cd que heredé de un polaco romántico que se había enamorado de Sandra, aquella chica que tanto me ruborizaba. Tú me abrazaste con la excusa de estar feliz y empezamos a bailar       
 mientras te susurraba al oído que eras la pura sucesión de Susana Griso, idéntica y paralela, tanto que incluso algunos curiosos te confundieron y se acercaron a preguntarte.


Aquella noche bailamos sin parar... y tú no parabas de decirme que yo, era lo que siempre habías querido ver en mi y en el mundo. 
Tu lugar al sol. 


Y por eso volviste a repetir la historia, como quien repite un sonido o un esquema, cogiste dos copas de vino y me pediste que te acompañara huyendo del rumor del fuego y de la conversación de los demás. Me pediste la llave del coche para coger tu bufanda y tus guantecitos minúsculos y pusiste a reproducir aquella canción... me miraste, tendiste las dos manos hacia mi y nos pusimos a bailar meses después... 
Parecía que nada había cambiado, como si el tiempo se hubiera quedado detenido en aquel baile nocturno con vistas a la catenaria de luces de aquella ciudad.
Ahora caía nieve y mientras, de fondo, sonaba aquella misma canción favorita... y tú flotabas en el aire describiendo nebulosas con tus zapatitos de tacón sobre el manto espeso y frío.


-Somos dos amantes perfectos- me dijiste el sábado a media noche. Y cada vez que nuestras vidas se cruzan cambia la climatología y la naturaleza. 


Ahora sólo deseo que estés donde estés, vayas donde vayas, continúes tarareando aquella melodía y te mezcas plácida imaginando la nieve sobre tus hombros. Sabes que entre tú y yo no puede existir nada más, ya eres todo lo que queria ver en ti, hicimos un pacto además, se estropearía todo, incluso lo ya vivido. Tú y yo, amigos y amantes para siempre, sin necesidad de nada más. El cuerpo ya lo impide. Hagamos caso al cuerpo...


Aquí dejo tu melodía. Mi melodía. 


-Dale al play nena-.





Reproduzcan el tema, cierren los ojos y déjense llevar. Imaginen su propia experiencia, o imagínenme a mi bailando con la idéntica a Susana Griso. Puede que les resulte bello... Disfruten.
Feliz día a todos. Guárdense del frío y consérvense sin colorantes ni conservantes.



jueves, 5 de noviembre de 2009

Hang Out


¿Lo ves? Te lo dije, si a tí, lector que ahora lees. Ayer te puse pesimista. Y hoy vengo a tu rescate. Toma mi mano. Siento mucho haberte contagiado esta tristeza desorientada.  


Era una tristeza temporal. Aunque queda aún algo de humo en la sala, ya pasó el fuego y, aunque lo arrasó todo y no quedó nada en pie, al menos he quedado con vida para contarlo. Y por eso te lo cuento, ahora, con la mayor rapidez posible.


Ayer estaba dentro, hoy fuera. La vida es así. A penas precipita y uno puede verse en otro planeta, enchufando un brazo articulado en una subestación espacial que ayer estaba a millones de años luz.


Y era eso lo que ocurría... simple y llanamente eso... que me veo fuera y acababa de deshacer las maletas. No me ha dado tiempo ni a sacar los zapatos (que suele ser lo último más al fondo a la derecha en la maleta).




He tenido que hacer las maletas porque donde me hospedaba han cerrado por motivos personales. Ya sabes lector, por motivos y por personas.


Y ahora estoy en una carretera secundaria, con una maleta recién, caminando hacia el norte, como siempre. Y dejando atrás el leve resquicio de luz. 


Ya no me invade esa tristeza momentánea. Ahora me ha quedado la sensación de una resaca vespertina. Hay nubarrones en la frente, pero se van disipando.


Para mañana, mejorarán los cielos y no se esperan precipitaciones.


Ahora me toca sonreir y olvidar. Olvidar porque en cierto modo se me ha obligado a hacerlo. No hay problema. Todo se consigue con tiempo y océano.


Estés donde estés, hagas lo que hagas, pienses lo que pienses, sea bueno o malo, nunca pierdas el tiempo. Ahora te toca sonreir querido lector. A ti también.


Gracias por vuestros mensajes de apoyo. Aunque no os conozca a muchos de vosotros, conseguís hacerme llegar siempre ese halo de buenaventura.


Un fuerte abrazo. Feliz noche. Descansen.




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