sábado, 16 de octubre de 2010

mi último otoño

sobrino

Para los que tenemos la curiosidad a flor de piel y nunca nos cansamos de contemplar y comparar los paisajes, las construcciones que los hombres han hecho de acuerdo con sus necesidades y el clima en el que viven, el mundo se nos ofrece casi siempre a ras del suelo, por decirlo así, de tal modo que si no escalamos una montaña o no nos encaramamos por las escalerillas del campanario de una catedral o no nos asomamos por la terraza del último piso de un gigantesco rascacielos, no tenemos la perspectiva que nos da la altura y que nos ensancha el horizonte.

Y aún así, de forma tan estática que por más que miremos y contemplemos no haremos sino ver una y otra vez el mismo panorama porque nuestro punto de mira no variará.

El cambio nos lo da el movimiento, pero lo que tenemos al alcance de la mano es el avión, aunque con una distancia de 10.000 metros, tan considerable y tan lejana que ese paisaje se convierte en una serie de pequeños puntos que se esparcen en un territorio borroso, que nos habla únicamente de la teoría del lugar, como si nos fuera dado contemplar los mapas a su escala verdadera. Si este fuera el último otoño de mi vida y si me fuera dado elegir cómo y con quién pasarlo, elegiría hacer un largo viaje en globo.

No sé qué tipo de globo porque sólo los he visto cruzar el cielo y para mí no son más que medios de transporte, eso sí, diferentes. Un medio silencioso que me permite elegir la altura y que corre por los aires a una velocidad que, intuyo, está hecha a mi medida. A la medida de mi forma de mirar y ver, de disfrutar y asimilar.

De todos modos no sería muy importante lo que yo asimilara, puesto que sería el último otoño de mi vida y nada vendría a añadir lo que yo soy más que mi puro placer de ver el mundo de una manera distinta a como lo he visto desde que he aprendido a mirar. Exigiría, esto sí, que no llevara dibujos, ni etiquetas y que tuviese un color discreto si no neutro que no asustara a las aves y concitara la furia de los elementos.

Siempre he envidiado a los pájaros, no tanto por la libertad que les dan esas alas que los llevan a donde quieren, aunque también, sino por su capacidad de asentarse en el punto más alto de un chopo y permanecer allí durante horas contemplando a sus pies lo que lo que ocurre y, en cuanto les parece que han disfrutado suficientemente del panorama, se deslizan del chopo a los hilos del teléfono o a un poste, o a la veleta de la torre más alta de ese o aquel pueblo.

Pero más aún pueden elegir la medida adecuada para controlar el paisaje y extendiendo las alas echan a volar con calma y lentitud de una ciudad a otra, del mar a las montañas, de norte a sur, de un hemisferio a otro. A veces, viendo pasar las gaviotas en bandadas lentas y ordenadas, relevándose en el primer puesto del triángulo que se abre paso en el aire, intento ver mi propia casa o el campo donde me encuentro o el fragmento de mar que desde el suelo me alcanza la vista, incrementada por la altura en la que ellas se mueven, y me produce una envidia sin límites y una sensación de libertad que difícilmente puedo tener con los pies tocando el suelo.

Montado en mi globo recorrería paisajes, cielos y tormentas sin que el cansancio me impidiera continuar. Sería testigo de todos los amaneceres del mundo y comprobaría como yacen y varían en la tierra las sombras de los árboles y los edificios, incluso ciudades enteras a medida que el sol avanza.

Recorrería los mares y contaría las olas como si fueran líneas rectas pugnando por avanzar hasta la arena y descubriría las ciudades que conozco, París, Barcelona, Roma, Estambul o Buenos Aires, atemperado el sordo rumor de sus vehículos por el viento y por el susurro que sin duda produce el paso de las nubes. Recorrería desde lo alto el trazado de sus calles, la extensión de sus suburbios, la espesura de los árboles, de sus largas avenidas. Vería transformarse las catedrales, desde la silueta lejana, en el momento de descubrirlas en el horizonte hasta un punto compacto bajo mis pies y atravesaría el espesor de los bosques de Birmania intentando descubrir qué se esconde en sus profundidades.

Me movería siguiendo el trazado de las cordilleras de los Andes o de las Rocosas y seguiría el valle del Rift comprobando la herida que provocan en la tierra. El desierto de Oriente Medio o el del Sáhara me darían el solaz para la vista y gozaría de su inmensidad dorada como si contemplara un mar de calor y de luz, buscando ese beduino y siguiéndolo para descubrir de una vez de dónde viene y a dónde va.

Las extensiones de África, sin habitantes y todavía con manadas de búfalos y elefantes, con la densidad de ciudades atiborradas de hombres y mujeres, Calcuta o Tokio, y me adentraría en los parajes de nieves eternas para ver hasta el infinito los picos blancos bañados por la luz rosada del sol, y al atardecer, me serviría un ron con hielo y contemplaría cómo se hunde el sol en el horizonte del mar o del desierto, Y con gran lentitud, dejaría que la noche cayera sobre mi y sobre mi globo hasta ver fundirse el último vestigio de luz y cuando me hubiera hecho a la tiniebla descubriría las luces de las ciudades que adquirirían el fulgor de las estrellas en una amalgama que me rodearía como en un espacio sideral.

Y tratando de descubrir las constelaciones y las galaxias me dormiría en paz hasta que, un momento antes del amanecer, el piar de mil pájaros en los árboles anuncie la venida de un nuevo día.

Pensé muchas horas en la persona que me gustaría que me acompañara, y mentalmente hice una larguísima lista de hombres y mujeres que, no hay duda, serían perfectos compañeros eficaces, inteligentes y seductores, pero me doy cuenta de que cuanto mejor fuera el elegido y mayor la avenencia, menos sería el goce que yo extrajera del viaje.

Así que decidí que montaría solo en mi globo, siempre que el manejo no exigiera un tiempo y una atención excesivos, y por tanto no me distrajera demasiado de la contemplación de un mundo tan hermoso y tan grande que ni aun con todos los otoños de mi vida tendría tiempo de verlo en toda su grandeza.

Si, iría solo y así, de paso, puesto que éste sería el último verano de mi vida, me iría haciendo con más dulzura a la soledad de la muerte.

Y sin embargo, aún debo madurar. Claro que sí, estoy dispuesto.

5 comentarios:

Martina dijo...

Me quedo encantada contigo... desde que te conozco y conozco este blog duermo mucho mejor todas las noches.
El otro blog te cambió, y sigues en la misma linea en este.
Me encantan los colores... me encanta la hierba verde... Has vuelto a casa.

Tengo ganas de conocerte.

Un fuerte abrazo...

Julieta dijo...

Un escrito brillante.... Ame encanta la sensación que desprende. Enhorabuena

Juan dijo...

Me chiflan todos los textos que ha escrito desde que se fue de viaje.
Lo del otro blog, algunos, me han hecho llorar.
Un abrazo enorme.
Escriba un libro con esto, porque esto no es cualquier cosa.

Espiral dijo...

Cuando le parezca, señor Señor Sobrino, me envía un mail, con el link del nuevo blog, y mantenemos un mínimo contacto.

Qué te echo de menos, coño!

Anónimo dijo...

xo la gente cómo ?? si no la conoces,y no eres nadie xa meterte en algo q no tienes nada q ver y menos escribirle a ella. Lo has hecho mal muy mal

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