jueves, 18 de noviembre de 2010

Felicidad controlada por radar

sobrino

Yo he vivido en esta ciudad.

Y he visto durante 320 días seguidos ésta misma puesta de sol, aquellos mismos edificios y este olor un poco a ozono concentrado en ésta estratosfera seminstalada en éste undécimo piso de una calle muy al norte de tu casa.

Y estar aquí para mí significa mucho.

Significa dar un paso de gigante sin convertirme en ningún monstruo. Significa sonreír sintiendo la paz sosegada haciéndome cosquillas en la planta de los pies y causándome universos en el estómago. Significa siendo significante el significado de volver atrás en el tiempo para escoger sólo los momentos que otros ya no quieren para que todo adquiera un sentido ahora más terapéutico y emocional. Y flotar hasta convertirme en algo puramente gaseoso e invisible, efímero y estratosférico.

Nada más llegar, sentí la ciudad muy fría. Se me helaron las manos nada más apearme del tren y sentí un tic en las mejillas. Porque sentí un nervio ajeno, como una actividad frenética y muy vivaz recorriéndome el cuerpo. Todos aquellos lugares, los pasillos y las puertas, las máquinas, las mesas y las luces, todo seguía exactamente igual. Y casi sin apenas esfuerzo pude imaginarme otros momentos. Bendita la imaginación que ha venido a poblar mi regreso momentáneo a ésta ciudad para siempre tuya y mía.

Salí de la boca de metro, subí aquí y dejé mi única maleta diminuta. De repente sentí que había estado caminando muy despacio todo el tiempo. Habían pasado dos horas desde mi llegada y apenas había recorrido 1 kilómetro a pie.

Así que bajé a toda prisa y fui a hacer las cosas que hacía a diario aquel año en el que yo viví en ésta ciudad.

Necesitaba partir de un itinerario. Fui a ver a Juan, el Frutero. A Luis el Carnicero. A Eloisa, la Librera. Macías el de la tienda de tés. A Marina, la mujer de Juan que tenía montado un negocio maravilloso de papel de mil clases distintas. A Martín, un turolense afincado en Madrid casi por obligación. Cada día que iba a visitarlo para comprar pescado fresco me hablaba de su tierra y yo a él de la mía. Él decía que aún sin haber nacido en la costa, entendía de pescado como nadie. Bonachón, fuerte y albino de cabello. Un bigote robusto y muy afín a su personalidad y unas manos blancas “detantolavarlas”. Por último debía visitar a Almudena, una joven ovetense de simpatía universal que regenta una tienda de vinos & delicatesen. Gran parte de lo que sé de vino es gracias a ella. Lo que desconozco sin embargo es gracias a mi.

Para mí ellos eran mi familia. Durante un año se empecinaron en darme recetas, consejos, conversación, sonrisas, bienestar y más bienestar. Ésta gente forma parte exquisita de mi existencia más estática, de esa que hace a uno botar de escalón en escalón como si tuviese una especie de sandalias aladas o algo así.

Iba con la idea de preparar una cena para tres “3”.

Juan me recomendó unas exquisitas mandarinas, que con chocolate quedaron deliciosas. Luis me regaló unos nudillos de ternera. Eloisa me ha dejado en herencia un libro encantador de Eladio Orta. Macías me recomendó el mejor té vietnamita de todos los tiempos. Marina me dió unos pliegos de papel muy bello sobre el que haré unos dibujos con tinta antes de que termine el año. Martín me regaló un pulpo espectacular a razón de que le llevase una pequeña ración para que la probase y Almudena me regaló una caja de tres vinos que horas después desaparecieron entre risa y risa.

Feliz porque Luis sonríe cuando me habla de su nuevo amor después de quedarse viudo hace 9 años. Y le brillan los ojos de una forma muy especial, siempre y cuando a ese brillo yo le llamo ilusión y erotismo.

Feliz porque Juan ha tenido un niño precioso y se le cae la baba enseñándome una fotografía que siempre lleva en el bolsillo de su delantal.

Feliz porque Eloísa quiere editar un libro y su sonrisa bien vale una misa. Adoro su sonrisa.

Feliz porque Macías sigue oliendo un té y cerrando los ojos antes de venderlo.

Feliz porque Martín dentro de 2 años regresará para siempre a su tierra amada.

Feliz porque Almudena sonríe con costumbres de sol en su sistema cuando me habla de su futuro viaje a China y me invita a ocupar un espacio entre sus maletas.

Feliz porque la felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Eoooo! Ya estas alli!
Maravilloso el texto Jose. Maravilloso. Buf!, me hace reir, me transmite mucha felicidad.

Y yo feliz por haberte conocido. ;)

Un abrazo interesante.

Rosa dijo...

Diossss que buenísimo el titulo!

Puse en google: felicidad controlada. Y me salió este texto y este blog y este todo!

Ahora cada vez que vea una señal de "velocidad controlada por radar" me acordaré de éste texto.

Me agrego a este espacio.

Por cierto, me pareces guapísimo. Y la música de fondo... impresionante!

Besos!

Juan dijo...

Bienvenido de nuevo. Que ganas tenía de leer un texto nuevo suyo...

Fantástico.

Gracias por su email, lo hemos comentado hoy en clase.

Un fuerte abrazo.

Anónimo dijo...

Si que lo he leido :-)siempre leo él lo sabe!

Espiral dijo...

Jose... Qué importante eres para mí!

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