lunes, 2 de marzo de 2009

chegou o momento

Olía a pan. Bajé pues las escaleras a tientas, mezquino de mí solapando mis pasos, esos que tú diste idénticos con suela de saltamonte. Por las mismas escaleras. A mi no me falta el aire “me dije con vocales de simio”. Llegué al despacho del pan, “ese antiguo”, con mugre de levadura en las patas de un banco cubierto y sepultado de harina. “- Buenos días Áurea, la del mandil hecho de masa, la bella, la joven, la hecha en un Bajo C de una madre que nunca volvió a ser suya nunca más después de irse y dejarla sola con una tía de Zamora la Fría. Ella me miró y me dijo: -“Estoy haciendo andaluzas y varias son de recién hacer, ¿quieres Don Juan?. -Si Amatea, y tiéntalo con tu mano rojiza-, le dije. Áurea me llama Don Juan desde un día que le dije que comeríamos juntos en el río, tendidos sobre la hierba junto a su pan siempre hecho de recién. Tenía una nariz mordida y muy bella, y unos ojos muy brillantes y enormes, delgadita ella de puritito amor se quedó tísica. Tuvo un novio pescador que le tocaba los pechos con las manos agrietadas del salitre, rasposas como limas férreas. Ya nunca lo tuvo más ni a aquel novio ni a aquel pescador. A mí me gustaba, cuando la veía saltarina entre los panes y las masas, y tenía su boca pequeñita, los labios finos y la cara redonda como un pan de hogaza, lapislázuli. Ella siempre tenía tibias las manos, y las uñas rosas y un flequillito cortado a ras de las pestañas. Que magnífica era Áurea “la bella” aquellas tardes en que me gustaba. Las orejas le olían a pan, y el aliento a masa de recién hacer, liviana Áurea La Bella. Aquella tarde todo transcurría normal, Áurea “La Amatea de manos rojizas y -pan pam- caliente ” metía el pan en mi bolsa de papel “igualquesiempre”. Entonces entró una mujer tremendona, de pechos célebres, daban en la vitrina como ensaimadas. Era hermosa porque me miró desde que entró por la puerta y en ningún momento me inquietó a pesar de su insistencia en los ojos. Dijo buenos días y vi una lengua de lagartija, viva y alegre, y se frotó un poco los ojos antes de dirigirse a mi: - Eu teño que decirte una cosa, eu creo que chegou o momento de que escribas algo en o blog ese de as cosiñas bonitas. Yo me quedé como una corteza de “pan pam” muy cocido, con una pierna soportando todo el peso del cuerpo, la otra se mantenía tal así, cual efebo maniatado un tanto andrógino, me hallé arrugando la bolsa de papel por sus extremos como nervioso. - ¿Quién es usted tremendona? Le dije. - ¿Cómo? ¿Qué dice señor? Vivo aquí al lado, ¿por qué? Por nada, es que es usted parecida a una mujer que conocí al parecer en una capital de provincia hace 4 años. Pero, ya no me queda nada de usted. Me fui, y recuerdo que caían muchas hojas de los árboles, tantas que la gente corría por la calle, y recuerdo que cuando entré a comprar el pan había un sol entusiasmado que dañaba incluso los ojos, y recuerdo que había una mujer con un paraguas rojo en una esquina como esperando a alguien, y parecía estar allí para realizar algo automático mientras la espera. Era bella también, aunque tenía muchas joyas triviales en los dedos. Miraba a nada, porque esperaba. Ella en sueños soñaba que me besaba como una enferma tibia mientras me tocaba los hombros como una romántica hecha a base de lasaña, capa a capa con mucha carne y especias. Y ella se veía desnuda y con su tez blanca y su paraguas rojo abierto y muy cálido, como un sol se abría paso entre sofás de antracita negros como esculpidos y se despedía dejándome levitando de espaldas sobre una moqueta rosa muy peluda. Había luz solo en su carne blanca y su paraguas circunscrito y rojo. Ella era hermosa y se quedó esperando, aunque tenía, en los dedos, joyas triviales. Luego pensé en ti, si, en ti que lees ahora mismo, y tuve ganas de tener que decirte que no todo es como me dijiste, a mí y a los infantes, que muchos mugimos pálpitos casi como hechos de tergal. Hilado fino me dijiste que no a todo, y que las cúspides del cielo fueron estrechos muros de cristal salado, como las manos del novio pescador de Áurea la Bella. Y hoy, me saludas con costumbres de sol en tu sistema.

1 comentario:

Espiral dijo...

Tomó color, al fin.

Me encanta leerte, una y otra vez. Una y otra vez. Me he enamorado de Áurea. Tan bella...

Beso

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